Así fue y así es mi vida.
Cada mañana me despierto con ganas de
hacer cosas, aunque algunas veces no estoy tan animada. Siempre fui muy
activa a pesar de mi enfermedad.
Cuando no podía hacer una cosa
buscaba otra, y de alguna forma lo conseguía.
Gracias a la ayuda de mis padres y mi
hermano, sobre todo de mi madre, con paciencia y mucho amor hemos logrado
seguir adelante.
Desde aquí quiero dar las gracias a
mi madre por ayudarme a recordar ciertos detalles para este libro y por estar
conmigo las veinticuatro horas del día, tanto en casa como en el hospital.
En el fondo no me puedo quejar, tuve
una infancia más o menos feliz. Los veranos iba con mi familia a un pueblo de
Galicia, a la casa de campo dónde viven mis abuelos maternos.
Disfruté cuidando animales con mis
abuelos: vacas, ovejas, conejos…
Jugaba con el gato. Cuando mi abuela
veía un ratoncito - de verdad- llamaba al gato y éste, después de atraparlo
se ponía a jugar con el ratón, me recordaba a los dibujos animados Tom y Jerry, me divertía muchísimo
viéndoles.
Mi hermano y yo criábamos pollitos,
jugábamos con las gallinas, las hipnotizábamos. Un día mientras hipnotizaba a
una gallina mi padre la asustó y me la fastidió, me enfadé muchísimo con él.
Tuve que volver a empezar, pero primero tenía que atrapar a la gallina, que
no era fácil.
También tuvimos un perro, que según
decían no era de raza, pero era muy bueno y no hacía daño a nadie, y eso que algunas
noches se escapaba pero siempre regresaba solo. A mí me ponía sus patas
encima de mis piernas para que le acariciara la cabeza. Los demás tenían que
coger un palo para que estuviera quieto, tenía mucha fuerza y jugando los
podían tirar. Además, le gustaba jugar con el gato y éste se escondía debajo
del coche. Hubo una época en que mi abuela trajo una gatita. Ella me contó
que el perro empezó a jugar con la gatita y terminaron durmiendo juntos.
Un día se soltó y se fue donde
estaban los pollitos y se puso a jugar con ellos, no mató ninguno, sólo
sufrieron pequeños arañazos por el susto que se llevaron. Mi abuela fue quien
lo encontró, pensó que se los había comido. Al parecer, cogió celos de
nosotros porque veía que estábamos mas con los pollitos que con él. Después
le preguntamos “¿qué has hecho?” agachaba la cabeza y se escondía dentro de su
caseta. Sabía que había hecho una cosa mala.
Si el perro me veía marcharme con mis
padres y mi hermano en coche se ponía triste y ladraba, pensaba que no
volveríamos, si me quedaba estaba tranquilo. Siempre que regresábamos se
ponía muy contento.
A la gente del pueblo, que pasaban
por delante de la casa, les costaba creer lo que hacía el perro conmigo. Y
eso que me veía solo un mes cada verano, ellos pasaban por delante de la casa
todo los días, si intentaban entrar para hablar con mis abuelos no le
dejaban.
¡Cuántos recuerdos! ¡Y las patatas!
¡Qué patatas! Mis abuelos las plantaban y nosotros les ayudábamos a
recogerlas, muchas eran más grandes que la palma de la mano; además estaban
buenísimas.
También recogíamos huevos después de
oír a las gallinas cantar.
Aprendimos mucho.
Os aconsejo que vayáis a una granja,
sobre todo los niños si nunca habéis estado.
La peor etapa de mi vida fue después
de la adolescencia, cuando tus amigos dejan de ser amigos. Van a la
universidad o trabajan, se enamoran, se casan…
Ahí es cuando te das cuenta de que
cada día que pasa te sientes más sola.
Sólo tienes dos opciones: salir y
conocer gente nueva o quedarte encerrada en casa. Yo opté por la primera.
Mis padres me llevaron a muchos
sitios.
Empecé a conocer locutores de una
emisora de radio. Fui a las fiestas de los barrios. A conciertos. Conocí a
los cantantes. Hice nuevas amistades.
Durante estos años conocí a muchísima
gente. Mi madre y yo somos de carácter abierto. No nos importa explicar a las
personas cuando nos preguntan qué me ha pasado.
Cada vez que salíamos es como si
recargáramos las pilas de nuestras mentes.
El recibir cariño y ánimos me da
fuerza para seguir luchando.
La gente me pregunta cómo consigo
conocer a tantos cantantes. Yo le contesto que voy a las emisoras de radio, a
las firmas de disco. Mi madre y yo hablamos con un vigilante, le decimos que
si me dejan pasar para que me firme el CD y también tengo una cosa para
regalarle y que quería entregarle personalmente. El vigilante se lo comunica
a uno de la casa discográfica.
Con el paso del tiempo los de la casa
discográfica ya me conocen y cuando me ven me dejan pasar.
Algunos cantantes son más agradables
que otros.
A Sergio Dalma lo conocí después de
un concierto hace ya varios años. Ya dije en este libro que siempre que nos
vemos me trata con mucho cariño.
Conocí a Gisela de O.T. en junio del
2002 en una firma de disco, le regalé las pajaritas de papel en miniatura.
Volví a verla en septiembre del 2003 en una emisora de radio. Cuando la
saludamos mi madre le dijo que yo le regalé hace un año unas pajaritas de
papel en la firma de disco.
-¡Ah, si! lo llevo en el bolso. -dijo
Gisela.
Me alegré mucho saber que lo lleva.
En la emisora tuve más tiempo de
estar con ella, se portó muy cariñosa conmigo. Es una persona muy simpática.
También conocí en otras firmas de
disco a Manu Tenorio y Nuria Fergó, y en una emisora de radio a Rosa.
Hubo un año en que me pasaron muchas
cosas, casi de todo, buenas y no tan buenas. Fue en 1999. Fue el año en que
me pusieron la ventilación mecánica a domicilio, conocí personalmente al
señor Jordi Pujol, fui al concierto acústico de Sergio Dalma, fue la fiesta
sorpresa de mi cumpleaños… Lo que menos me esperaba fue la pérdida de un
amigo. Un amigo que me admiraba y siempre tenía un detalle conmigo. Cada vez
que nos veíamos hablábamos de muchas cosas. Recuerdo que de lo que más
hablábamos era de pintura, qué dibujo estaba haciendo y le enseñaba los
últimos que había hecho, y de nuestros cumpleaños, él los cumplía el día 2 de
junio y yo los cumplo el día 1 del mismo mes.
Tenía 30 años, un accidente en la
playa acabó con su vida; después de superar una enfermedad grave cuando era
pequeño.
Era la primera vez que me sentía muy
triste por una persona querida, pero la vida sigue y lo superé sin ningún
problema.
Gracias Javi por tu amistad y cariño,
estés donde estés siempre te recordaré.
A pesar de que me han pasado muchas
cosas, no pierdo mi sentido del humor. Ese es una de mis armas de superación.
Cuando lo paso mal, como por ejemplo, cuando a veces me da un ataque de tos
pienso: “ya se me pasará”. Hay que tomar las cosas con tranquilidad, de nada
sirve ponerse nervioso.
Hasta aquí he llegado con mis
historias. Espero que a ustedes les haya gustado este libro y les sirva de
ejemplo.
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miércoles, 22 de junio de 2011
12. Recuerdos del pasado
viernes, 20 de mayo de 2011
11. Los problemas de la ventilación mecánica
Desde que tengo la ventilación
mecánica a domicilio, cada mes viene un técnico a revisar el respirador,
cambia los filtros y comprobar la batería.
Un día me trajo un tubo, el que va de
la máquina a la mascarilla, que era de otro modelo y no me iba bien, me
faltaba un poquito de aire. Era muy poca cosa, pero yo lo notaba.
También me ocurre con las máquinas.
Antes de finalizar el año 1999 me cambiaron de máquina, pasó un tiempo y no
me encontraba cómoda, se lo comenté al técnico y éste miró si el tubo tenía
un escape, algún defecto en la máquina, comprobó con el balón de prueba de un
litro, y nada. Todo estaba bien. Al poco tiempo la batería no funcionaba
bien, me la volvieron a cambiar, la probé y me encontré mucho mejor.
El técnico comprobó con el balón de
prueba y vio que de una máquina a otra, del mismo modelo, hay una pequeñísima
variación, aunque los parámetros son idénticos.
Ahora me pasa con el tamaño del tubo.
Cuando estuve ingresada para cambiar
la sonda de la gastrostomía, en la cama tenía que utilizar el largo (mide
1,50 m.) porque el corto (1,20 m.) no llegaba; estando en casa al no tener
repuesto mi madre puso el corto. Después de llevar unas horas me encontraba
cansada y no me encontraba bien, desperté a mi madre (era de noche), se lo
comenté y me dijo que a lo mejor era el tubo, volvió a ponerme el largo y
poco a poco me fui encontrando mejor.
A la mañana siguiente mi madre habló a
través del teléfono con Garbiñe (la enfermera que viene a casa), se lo contó
y ésta dijo que al cambiar los parámetros el tubo corto no me va bien.
Anteriormente dije en este libro que
tuve neumotórax, por eso me cambiaron los parámetros.
De todas maneras no tengo ninguna
queja del técnico ni de la casa, me traen el material cuando lo necesito
puntualmente. Esto son cosas que pasan.
A medida que va pasando el tiempo,
voy descubriendo varios trucos, por ejemplo: el globo que está dentro de la
tráquea está lleno de suero, de vez en cuando pierde un poco. Cuando ocurre
esto, hace ruido en la tráquea como si roncara, entonces hay que vaciar el
globo con una jeringuilla y volver a llenar añadiendo lo que falta. Mientras
se hace esta operación el aire que entra a los pulmones sale por la boca y
nariz, entra tos y se pasa un ratito mal. A mí se me ocurrió utilizar la
lengua de tapón, saco un poco la lengua hacia fuera con la boca cerrada y
hago fuerza hacia atrás y hacia arriba, de esa forma el aire no escapa por la
boca y nariz, y además evito pasar un mal rato.
Cuando viene la enfermera Garbiñe,
comprueba con el espirómetro puesto en la salida del aire del tubo por si hay
fuga (un aparato que sirve para medir la presión de la salida del aire sea
igual que la entrada); a continuación me vació el globo para comprobar cuanto
tenía de suero. Se olvidó de quitar el espirómetro. Garbiñe se extrañó que el
espirómetro no cambiara. Me preguntó si hacía algo, mi madre le contó el
truco de la lengua. Garbiñe me dijo: “es un buen truco. Si algún día se rompe
el globo puedes aguantar sin pasarlo mal hasta que te cambien la cánula”
“siempre nos sorprendes”.
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viernes, 25 de marzo de 2011
10. Coincidencia rara
Lo que voy a contar ahora parece
increíble.
Resulta que me tocaba cambiar la
sonda de la gastrostomía, llevaba ya seis meses y tenía mal aspecto. Además,
tenía un granuloma traqueal (carne falsa) que me quemaron con nitrato de
plata. No me lo quemaron del todo por miedo a que me afectara la mucosa.
Pensaron utilizar bisturí, así que, decidieron ingresarme para después de
Semana Santa y hacer las dos cosas.
El día del ingreso, a las nueve de la
mañana de repente me entró dolor en el costado del pulmón derecho, además
hacía ruido, como si crujiera. Llamé a mi madre y lo escuchó. Decidimos
esperar un poco a ver si se me pasaba. Si aumentaba el dolor o aparecía
fiebre llamaría a la ambulancia para ir a urgencias. Al rato me quedé
dormida, el dolor disminuyó un poco. Esperé a la tarde, hora del ingreso.
Ya en el hospital las enfermeras se
alegraron de verme.
Cuando terminaron de colocar todas
las cosas entré en la habitación. Conocí a mi compañera de habitación. Una
señora mayor de ¡85 años! Al principio no me gustaba compartir la habitación
con ella, pero después de conocerla y también a su familia no me importaba,
al contrario, me sentía acompañada. Hablamos y me contaron el motivo de
su ingreso: le costaba comer y beber, y había perdido muchos kilos.
Decidieron hacerle una gastrostomía. La anciana tenía miedo y estaba
nerviosa. Pero al ver que yo la llevo, mi madre y yo la tranquilizamos y le
dijimos que eso no era complicado, y que no sentiría ningún dolor. Cuando
regresó del quirófano, a mí me mandó un beso con la mano y a mi madre le
pidió que le diera otro beso por haberle dado ánimo. Ahora, seguimos en
contacto; su nieta Maite y yo nos comunicamos a través de los mensajes del
teléfono móvil. Le pregunto cómo está, le explico cómo estoy yo y le mando saludos.
Por la noche me volvió el dolor, vino
el médico de guardia y me escuchó con el fonendoscopio, no oyó nada extraño,
los parámetros del respirador estaban bien. Me dijo que podía ser un dolor
muscular. Me dijo que si no había ninguna novedad esperara a mañana. Me
dieron paracetamol. A la mañana siguiente me vieron los médicos de siempre
(doctor Antón y la doctora Güell). Mi madre les contó lo que me había pasado,
me preguntaron si me dolía al tocar el costado y respondí que no, me
escucharon con el fonendoscopio, nada. Comprobaron el respirador y estaba
bien. También me dijeron que podía ser dolor muscular. Yo no estaba de
acuerdo, el dolor que sentía era extraño.
Decidieron hacerme una radiografía
del tórax para salir de dudas.
Por la tarde, antes de marchar la
doctora Güell pasó a verme y me preguntó cómo estaba, le contesté que el
dolor había disminuido un poco. Me contó que el doctor Antón había tenido que
ir al dentista, tenía dolor de muelas. Llegó la noche, una doctora llamó a mi
madre que estaba conmigo le preguntó si los médicos dijeron algo, ella
contestó que no.
Le dijo que la radiografía no salió
muy clara, parecía que había un principio de pleuresía. Decidieron repetir la
radiografía. Por la mañana, la puerta de la habitación estaba abierta, pasó
el médico de guardia (el mismo que me atendió cuando tuve taquicardia) dijo a
mi madre:
-¿Sabes lo que tiene Ana?
-No. -Contestó mi madre.
Sonriendo dijo:
-¡Un escape! ¡Y ya van dos aciertos!
La próxima vez haremos lo que ella dice.
El primero fue la taquicardia y
ahora, neumotórax.
Cuando se enteraron los médicos se
quedaron sorprendidos.
Que me pase eso por la mañana y por
la tarde ya tenga cama solicitada desde hace quince días es una casualidad
tremenda.
-Has tenido mucha suerte. –me decían.
Me explicaron con todo los detalles
qué es lo que me había pasado.
El doctor Penagos (el mismo que me
hizo la traqueotomía) me recomendó reposo y un antiinflamatorio. Casi todos
los días me hacían radiografías del tórax para ir controlando, por si hacía
falta otro tratamiento. Pero como fue disminuyendo no hizo falta nada más.
Y eso no es todo, me pasó otra cosa
más. Después de estar una semana ingresada, me cambiaron la sonda de la
gastrostomía el martes a las nueve de la mañana.
¡Vaya forma de cambiar!
Para sacarla hay que dar un tirón.
Pero antes se desinfla el globo (que está dentro y sirve para que la sonda no
se salga).
Cuando ya estaba preparado, el doctor
Sainz me decía:
-A la una, dos y tres y tiro. ¡Una,
dos y tres! ¡Ya está!
Me dolió un poquito al sacar y al
poner la otra sonda. Pensé que después del tirón me dejaría dolorida, no fue
así, no tuve ninguna molestia.
Cuatro horas después, de repente
sentí como si cayera algo desde el techo (estaba acostada) justo donde tenía
la sonda. “Es imposible, aquí no hay nada que se caiga. ¿Tendrá algo que ver
con el globo?” pensé. Se lo dije a mi madre, me lo miró y no vio nada raro. A
la hora me volvió a mirar y comprobó que la sonda se estaba saliendo.
Llamamos a la enfermera y se lo contamos, lo miró y dijo:
-Puede que se haya roto el globo.
Al rato pasó el doctor Antón, cuando
se enteró se quedó sorprendido.
-¡No puede ser! –dijo.
Me la sujetaron con esparadrapo
mientras no venía el doctor Sainz.
Ahora, mi madre y yo ya sabemos que
hacer si pasara en casa. Sujetarlo con esparadrapo e ir al hospital. Se lo
dijimos al doctor Antón y éste dijo:
-Vosotras siempre miráis el lado positivo.
Cuando vino el doctor Sainz, en plan
broma comentó:
-¿Qué has hecho? De todas las sondas
que hay sólo habrá una que tenga un defecto y tenía que tocarte a ti. Y eso
que miré que no estuviera caducada, que no tuviera ningún poro... Ahora, ésta
si que no la pago. Lo siento Ana, te la tengo que volver a cambiar.
Yo, contaba que no volverían a
cambiármela hasta dentro de seis meses, y mira por donde en un solo día me la
cambiaron dos veces. Menos mal que esta vez no me dolió.
-Toquemos madera, que no vuelva a
pasar –dijo doctor Sainz.
Tocó madera y me dio besos.
El doctor Sainz es muy gracioso y
guapo. Varias enfermeras me decían:
-Es guapo el doctor Sainz.
De lo de la sonda se enteraron todas
las enfermeras, los médicos… Lo tomamos a cachondeo.
Me decían:
-¿Tú no quieres irte del hospital?
Además me tenían preparada el alta,
pero al pasarme esto último me quedé hasta el día siguiente.
Mientras me recuperaba, desde la
habitación con la puerta abierta, veía al doctor Antón andar de un lado a
otro, aquello me recordó a una pelota de tenis (el despacho está a un lado y
el mostrador de recepción al otro lado).
Se lo conté a mi madre y ésta se lo
dijo a una enfermera, ella nos dijo que también parece Dios, porque está en
todas partes.
-Hace cinco minutos estaba con un
paciente y ahora está en otra sala. Siempre que lo buscamos no sabemos donde
localizarlo. –decía la enfermera.
El doctor Antón anda muy rápido y a
veces es difícil pillarlo. Pero es una persona muy agradable, es cariñoso y
atento. Habla mucho con los pacientes, trata de convencerlos de que acepten
ponerse la ventilación mecánica cuando lo necesitan.
Tanto él como la doctora Güell me
tratan con mucho cariño.
Estoy contenta de todos los médicos y
enfermeras que tengo y he tenido.
Ya en casa, por un lado me sentía
contenta pero por el otro lado… A medida que fueron pasando los días me
acordaba mucho de los médicos, de las enfermeras… Todos los días recibía
cariño. A pesar de todo me lo pasé bien, no me aburría. En cambio, en casa
cuando no hago nada me aburro un poco, entonces me pongo a escuchar música,
leer, jugar al solitario (cartas) con el ordenador, hacer collares y pulseras
con bolitas de colores...
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sábado, 5 de marzo de 2011
9. Acepté someterme a una traqueotomía
En junio de 2002, tuve otra visita
con el doctor Antón. Hablamos de tomar la decisión de hacerme una
traqueotomía y una gastrostomía. Me recomendó no esperar mucho. Sería mejor
prepararlo todo ahora con los mejores médicos y anestesista, para hacerlo
después del verano. Me comentó que con la traqueotomía perdería la voz y por
si no pudiera comer me harían también la gastrostomía a la vez.
Durante los tres meses siguientes lo
pasé mal, de vez en cuando tenía ganas de llorar, tenía miedo, pero después
se me pasaba. Siempre procuré tener la mente ocupada, pintar, leer, hablar
con mi madre…
Era una decisión que tenía que tomar.
No me quedaba más remedio que aceptarlo. Durante todo ese tiempo yo sola tuve
que mentalizarme, prepararme psicológicamente para que cuando llegara el día
de la intervención tener fuerzas para soportarlo. Quizás necesitaría llevarlo
las veinticuatro horas del día (como así fue).
Un día fui a un centro comercial,
entré en una tienda y vi un conejito de peluche. Parecía de verdad. Cuando
llegué a casa, me quedé con las ganas de comprarlo. Al día siguiente fui a
buscarlo. Dormí con él. Me relajaba mucho al tocarlo. Es muy suave, que es lo
que a mí me gusta, súper suave y casi real. Después, por mi santo, mi madre y
mi hermano me regalaron un cachorro de peluche también (ahora duermo con él).
Aunque parece mentira, me hace mucha compañía y me relaja al tocarlo, después
me quedo dormida. Nunca necesité tomar ningún medicamento para dormir, y
ahora con el peluche menos todavía.
En octubre me llamaron para
ingresarme el día veintitrés del mismo mes.
Antes de la operación estaba
preocupada y un poco nerviosa por no saber lo que podía pasar. Mi madre me decía que no me
preocupara, que todo estaba controlado. Me acompañó hasta el quirófano. A mi
familia le dije que no quería nada de besos ni mimos, para evitar
emocionarme.
A las nueve de la mañana estaba ya en
el quirófano y confiaba en que todo saldría bien. Pasé mucho frío aunque
después me taparon. La verdad, no tengo mal recuerdo de ese día. No me
dejaron sola ni un segundo; uno empezó a hacer bromas y cantar la canción de Antón perulero. También decía que uno
era feo y yo decía que no.
En el fondo estaba deseando que me
durmieran ya. Se me hacía eterno.
Cuando desperté recordaba todo, vi un
reloj en la pared, marcaba las 12:30h. No sabía dónde estaba. Una enfermera
me vigilaba y me preguntó algo, como no podía hablar me enseñó una pizarra
blanca con el abecedario, yo con el rotulador iba señalando letra por letra.
Dije que me costaba un poquito respirar. Me habían puesto otra máquina, y
después la cambiaron por la que tenía antes. Cuando vi al doctor Antón me
quedé más tranquila. Como todo salió bien no me quedé en la UVI, antes de la
operación me dijeron que estaría un día o dos. A las dos de la tarde ya
estaba en mi habitación.
Pasé una semana fatal y con fiebre.
La cánula que me pusieron no me iba bien, tuvieron que traer una de mi
medida. Aún así no me quejaba. A la doctora Güell le pedí que dijera a las
enfermeras que no me dieran ningún relajante muscular, porque después me
dejaba atontada y no me gustaba. El doctor Antón me dijo que no aguantara el
dolor, que pidiera calmantes, además dijo: “tienes dos operaciones, no eres
de piedra, eres un ser humano”.
A los pocos días me cambiaron la
cánula y fue mejor. A los tres días me la volvieron a cambiar por la de
suero. La de aire se escapaba mucho (dentro de la tráquea hay un globo que
está lleno de aire o suero fisiológico que sirve para sujetar la cánula y que
el aire que entra para respirar no salga por la nariz y boca). Pasé toda una
mañana del sábado hasta las cuatro de la tarde, con el problema de que me
costaba respirar. Una doctora me decía que los parámetros de la máquina
estaban bien, que el problema eran mocos (hacía ruido en la tráquea, como si
roncara por ejemplo). Yo decía que a lo mejor era el globo que se había
desinflado, pero nadie me hizo caso. Me levantaron de la cama, me
desconectaron el respirador y me pusieron Ventolín con oxígeno durante diez
minutos y me aspiraban. No salía ningún moco, me volvieron a acostar y yo
seguía igual. Cuando cambiaron de turno, vino una enfermera que estuvo observándome
y me preguntó si yo estaba respirando. Le dije que sí. Me pidió que dejara de
respirar, pero la presión bajaba y a mí no me iba bien, probó de subir un
poquito la presión del aire, me encontraba un poco mejor. Consultó por
teléfono con la doctora Güell y ésta le dijo que mirara el globo.
Efectivamente, era lo que yo decía. ¡Qué alivio! ¿Por qué no me lo miraron
antes -pensé?
Por las noches cada día hay un médico
de guardia diferente. Una vez le llamé para decirle que notaba el corazón
acelerado. Miró los parámetros y todo estaba bien. A continuación me dijo:
“eso es porque estás nerviosa”. Pensé: “¿nerviosa yo? Estoy tranquila”,
contesté que no. Pero él insistió que eran nervios, no me hizo caso y se fue.
No me gustó su forma de tratarme porque no me creyó.
Así que, decidí esperar a ver si se
me pasaba y controlarme por mi cuenta. Después se me fue pasando.
¡Claro! Ahora pienso que hay mucha
gente quejica. Por cualquier cosa ya tienen que alborotar el gallinero. Por
eso, cuando una dice la verdad no lo creen.
La noche siguiente me volvió a pasar
pero más fuerte. La enfermera llamó al médico (era otro), éste me preguntó si
estaba nerviosa, contesté que no. Me miraron la fiebre, la tensión, me
pusieron el pulsímetro y el electrocardiograma. Las pulsaciones se iban
acelerando, llegaron a ¡170! El médico dijo: “puede ser una subida de
fiebre”. Mi madre le dijo que mi temperatura con la ventilación mecánica me
quedaba más baja de lo normal, es decir, si mi temperatura marcaba 37º era
como si fuera 38º. Me pincharon. Parece que me dio una subida de fiebre. El
médico y la enfermera se quedaron una hora vigilándome. A pesar de todo,
mantuve la calma. La enfermera estaba más asustada que yo, no sabía qué me
pasaba. Poco a poco se fue normalizando el ritmo cardíaco.
Tras varios días de estar con suero,
empecé a comer a través de la sonda (gastrostomía)
También tuve problemas con la comida.
Me producía muchos gases y me daba mucho dolor en el vientre. Me cambiaron el
preparado por otro más concentrado, menos cantidad y el gota a gota más
despacio. Poco a poco fueron aumentando la cantidad y pasado un mes me lo
volvieron a cambiar por el de antes, porque según me dijeron el concentrado
tiene mucho azúcar.
Menos mal que a los dos días de estar
ingresada me dejaron la grúa eléctrica. Mi madre cogió una sábana enrollada y
la ató a la grúa, el enfermero puso esparadrapo para que la sábana no se
desatara. Me la ponía detrás de las rodillas y de esa forma, con el mando, me
levantaba el culo y así podía hacer mis necesidades sin la ayuda de una
tercera persona. También podía mover las piernas. A todo el mundo le gustó la
idea que tuvimos.
En cuanto al respirador, me cambiaron
de máquina por otro modelo, me va mejor que la anterior y el aire que me
llega es más suave. Además, la batería dura más.
Durante las dos primeras semanas no
quise recibir visitas, les dije que cuando estuviera mejor les avisaría.
Necesitaba tranquilidad, estoy acostumbrada a estar sola con mis padres en
casa. En cambio, recibía llamadas.
Un día vino a verme el doctor Fidalgo
acompañado de dos ortopédicos, para ver si podían hacerme un corsé nuevo, el
que tengo no me valía por la gastrostomía. La doctora Güell estaba presente y
vio como el doctor Fidalgo me trataba (ya dije que era muy serio). Estuvo muy
cariñoso conmigo. Me cogía la mano y me decía que comprendía todo lo que me
estaba pasando. Me dio ánimos. Le contó al ortopédico muchas cosas de mí. Él
dijo al ortopédico que hiciera todo lo posible por conseguir levantarme de la
cama, que yo tenía que volver a trabajar (o sea, pintar).
La doctora Güell no creía lo que
estaba viendo. Después ella se lo comentó al doctor Antón y al equipo médico.
Días después, vinieron el ortopédico
y su ayudante. Me hicieron un molde de yeso adaptado a mi cuerpo. Cuando
terminaron, quedaron restos de yeso por toda la habitación. Cuando entraron
las enfermeras y la auxiliar, en broma dijeron:
-¿Qué ha pasado aquí?
Los ortopédicos pidieron disculpas.
-No pasa nada, lo limpiamos y ya está
–dijo una enfermera.
Cuando se marcharon, lo limpiaron y
cambiaron las sábanas. Se lo tomaron con sentido del humor.
A la semana siguiente, me probaron el
corsé, me sentaron en mi silla para retocar en algunos puntos donde me hacía
daño. Mientras lo probaba, no me sentía cómoda y no aguantaba sentada.
Comentamos la posibilidad de traer
una silla de ruedas nueva con todas las comodidades y a la que se pueda poner
el respirador y la batería detrás.
Me dijeron que en una feria de muestra
había una que se podía inclinar el respaldo automáticamente. Me la dejarían
probarla cuando terminara la feria.
Cuando ya me encontraba mejor empecé
a recibir visitas. Vino mi vecina, Tere, con su hija Zoraida. Como siempre,
me contaron novedades del barrio.
También vino a verme una antigua
amiga del colegio, Nuria, acompañada de su madre y su novio. Me regalaron una
planta seca y un patito de peluche con sonido real.
¡Vaya con el patito! Algunas
enfermeras y la doctora Güell lo tocaban, y me preguntaban cómo se paraba.
“Se para solo” contestaba.
Después de estar veinticuatro días
ingresada, los médicos deciden darme el alta. En principio, no me apetecía
regresar a casa, porque en el hospital me sentía protegida. Pero ellos tenían
miedo de que yo pudiera coger algún virus rebelde del hospital. Además,
confiaban en los cuidados de mi madre y en que estaría mejor en casa.
Me comentaron que la enfermera
Garbiñe, vendría a mi casa los primeros días para ayudarme.
Cuando me dieron de alta, la
enfermera Garbiñe, me acompañó hasta mi casa.
Regresé en ambulancia con mi madre.
Ya en casa, entramos a mi habitación, mi padre ya me había comprado la grúa
eléctrica. Garbiñe le gustó mucho mi habitación (mi madre y yo diseñamos los
muebles mas estrechos para tener mas espacio). Antes de marcharse, me dejó un
número de teléfono para cualquier cosa que necesitara. Además, viene a verme
cada mes para controlar la presión del aire de la máquina y saber cómo me
encuentro.
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sábado, 12 de febrero de 2011
8. La fiesta sorpresa
Tres meses después de que me pusieran
la ventilación mecánica a domicilio, a principio de junio, me volvieron a
ingresarme para hacerme un control. Solo estuve un par de días. Acababa de cumplir
veinticinco años. Mientras estuve ahí, mi madre se comportaba de una manera extraña.
Veía que apuntaba algo en un bloc de notas. Después vino Montse, la
fisioterapeuta, a verme y se pusieron a hablar fuera de la habitación.
Aquello me extrañó aún más. Ya en casa, el teléfono sonaba más de lo normal.
Además, venía mi madrina el fin de semana (vive en Madrid). Tuve mis sospechas,
y no me equivoqué. Pero no dije nada para no estropear la sorpresa que me estaban
preparando (una fiesta de cumpleaños). Mi madre me dijo que iríamos a cenar el
viernes en un restaurante, mis padres, mi hermano con su novia, mi madrina y
yo, a celebrar mis veinticinco años.
Cuando llegó el día, mi madre me
preguntó:
-¿No sospechas nada?
-La verdad, es que aquí hay gato
encerrado. –contesté.
-Sorpresa, sorpresa. Las sorpresas no
se dicen.
Además, mi padre y mi hermano se
fueron antes que nosotras (para recibir a los invitados).
A las 9:00h de la noche llegué al
restaurante, el dueño me felicitó y me dijo que ya tenía la mesa preparada para cinco
personas.
Abrió las puertas y me encontré con
más de sesenta personas de pie, recibiéndome con aplausos, estaba tranquila
pero al ver a las dos lloronas de siempre (las dos Montses, la fisioterapeuta
y la profesora del colegio) me contagiaron y me emocioné.
Recorrí las mesas saludando a todos.
Los profesores del colegio, la profesora de música Nuria con su hija Neus,
mis amigos…
A las que menos esperaba encontrar
eran a la profesora de pintura Pepi y a una compañera, Gloria. El día de mi
cumpleaños lo había celebrado con mis compañeros de pintura en la clase.
Los que faltaron fue porque tenían
compromisos, como por ejemplo, un grupo de cantantes llamado Voces de Romero,
tenían una actuación y no podían suspenderla. Pero el día anterior vinieron a
mi casa dos de ellos, Vicente y Dori, que además son marido y mujer; en nombre de todos me
regalaron un colgante de la Virgen del Rocío vestida de pastorcita.
Vicente, además de cantar con el
grupo, es locutor de radio. Siempre me dedica una canción. Entre nosotros hay
una gran amistad.
Durante la fiesta apenas pude cenar.
Era la primera vez que celebraba un cumpleaños con tanta gente.
Además aquello parecía una boda, sólo
faltaba el novio. Recibí un montón de regalos: peluches, joyas, lápices de
colores, ramos de flores…
Recuerdo que casi no cabíamos en el
coche (mis padres, mi madrina y yo) con todo los regalos dentro.
Esa noche, no pude dormir de lo feliz
que estaba. Tenía ganas de hablar con mi madre, la pobre estaba muerta de
sueño y agotada. Ella se encargó de que todo estuviera organizado. Toda la
gente estuvo contenta con la comida y con la bebida, especialmente con el
cóctel de cava. Felicitaron a mi madre.
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domingo, 16 de enero de 2011
7. Un sueño hecho realidad
Antes de dedicarme a la pintura mi
pasión era la música, y lo sigue siendo.
Me gusta la música clásica, también
me gustan varios cantantes. Uno de ellos es Sergio Dalma.
Tuve la suerte de conocerle
personalmente, es muy sencillo y cariñoso. Cada vez que iba a verle, cuando
sacaba un nuevo disco y en algunos conciertos, se alegraba de verme. Sigue
siendo el mismo.
Después de asistir a varios
conciertos, un día me entró ganas de verle en un concierto más íntimo, quiero
decir, verle cantar muy cerquita de mí y con poca gente (hasta este momento
sólo había visto cantar desde lejos, al ir en silla de ruedas no podía estar
en primera fila) acompañado de un piano y otro instrumento. Este sueño
parecía imposible. Pero mira por dónde, un día, escuchando la radio,
anunciaron:
-¿Te imaginas un piano, una guitarra
y… Sergio Dalma? Escucha atentamente cómo conseguir las invitaciones. Sólo
trescientas personas serán las afortunadas que podrán entrar esa noche y presenciar el concierto
acústico único solo para ti.
¡No me lo podía creer! ¡Mi sueño se
hacía realidad!
Seguí escuchando para saber cuándo
era, pasaron unos días y no dijeron nada más. Sólo daban cien invitaciones
por día (dos por persona) en tres días. Sin saber el horario en que las repartían, el primer día mi madre se
levantó temprano, llegó a la emisora a las nueve de la mañana y a las diez
empezaron a repartir las invitaciones. Había cola, pero lo consiguió. Además,
tuve la suerte de que esa misma semana, mi padre tenía vacaciones, de lo
contrario, mi madre no hubiera podido ir.
Recuerdo que fue el día 20 de mayo de
1999 cuando se celebró el concierto. El mismo año en que tuve que ponerme la
ventilación mecánica para dormir, el mismo año en que conocí al señor Jordi
Pujol.
Fui muy feliz ese día, disfruté a
tope. Estaba en primera fila, lo tenía delante, a un metro de distancia. Así
que me vio, y se alegró de verme.
Mientras cantaba me guiñó un ojo.
Después bajó y dio besos a las que estábamos en primera fila, cuando llegó a
mí, me dio dos besos. Los vigilantes tuvieron que llevárselo al escenario
antes de que las chicas de atrás se lo comieran a besos.
Cuando acabó de cantar pude hablar
con Sergio. Me preguntó cómo estaba. Le conté un poco de todo. Después de
estar charlando un ratito nos despedimos hasta su próximo concierto.
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sábado, 15 de enero de 2011
6. La rehabilitación
Empecé a asistir a rehabilitación con
cinco años y medio.
A los siete años, conocí a mi
fisioterapeuta Montse Biosca, con ella he pasado muchos momentos agradables. Me dio muchos
consejos. A veces, nos gastábamos bromas. Cuando hacía los ejercicios, me
decía:
-¡No hagas trampas!
Cuando un ejercicio hacía tiempo que
no lo hacía, después ¡cogía unas agujetas…!
Recuerdo que una vez, mientras hacía
los ejercicios, entró una cucaracha (las ventanas dan a los jardines), las
fisioterapeutas se asustaron y nadie se atrevió a matarla, mi madre dijo:
-¿Dónde está la cucaracha?
-Allí. –contestó una fisioterapeuta.
Mi madre se acercó a la cucaracha y
le dio un pisotón.
Se quedaron mirándola.
-¡Ya está! –dijo mi madre, cogió la
cucaracha por las patas y la tiró a la papelera.
-¿Tanto miedo tenéis a las
cucarachas? ¡Pensé que era una rata o una serpiente!
-¡Jo! ¡Qué valiente eres! -dijo una
fisioterapeuta.
-Si hubiera sido un ratón, no sé lo
que hubiera pasado. –contestó mi madre.
A veces Montse me pedía permiso para
dar a conocer mi enfermedad a los estudiantes para saber cómo tenían que
hacer los ejercicios de rehabilitación. A mí no me importaba que se trajera a
sus alumnos. Así que, ella ya sabía que podía contar conmigo.
Hoy, recuerdo todo aquello con mucho
cariño, a las demás fisioterapeutas y a todos los que trabajan ahí. Cuando
dejé de asistir a fisioterapia, de vez en cuando paso a visitarlas, antes o
después de ir al médico, todas se alegran de verme. Siempre me dicen que voy
muy guapa (normalmente llevo ropa conjuntada, hecha por mi madre), me preguntan
cómo estoy, si sigo pintando…
Entre Montse y yo hay un gran cariño.
Por mi cumpleaños siempre me regalaba algo: una muñequita, un juego, el saco
de la risa, un libro, pendientes… ¡hasta dos tortuguitas de verdad! El último
regalo que recibí fue un pato de peluche.
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3. Mi nombre es Ana María, padezco distrofia muscular
Tengo 29 años y a los cuatro años me descubrieron la enfermedad. Mi madre me veía algo raro, no cerraba bien los ojos mientras dormía, al reír y al llorar no tenía expresión en la cara y me afectaba al hablar (no pronunciaba bien las palabras). Me hicieron una serie de tests psicológicos, no encontraron ninguna alteración.
Al poco tiempo tuve una parálisis facial. Me mandaron al especialista y me dieron vitaminas. Pasaron unos meses y yo seguía igual. Volví al médico y me envió a otro médico para que me dieran unas sesiones de descargas eléctricas en la cara. No surgió ningún efecto, aumentaba la descarga y no se movía ningún músculo.
Al ver que había algún problema importante decidieron enviarme a otro centro médico, al departamento de neurología del Hospital de San Pablo. Allí conocí al doctor Roig, que fue quien me atendió y me hizo una revisión. Me hicieron un TAC cerebral para ver si tenía alguna lesión en el cerebro.
Cuando iban a hacerme el escáner (TAC) los médicos y los técnicos habían pensado que sería mejor dormirme, pero como me veían tan tranquila decidieron no hacerlo. Me llevaron en brazos hasta la sala de monitores. Me dijeron que no tuviera miedo, que ellos me vigilarían a través de las pantallas. Después me acostaron en la camilla, me dieron una jeringa grande y me taparon con una manta. Me pidieron que estuviera quietecita, dejaron que pasara mi madre para estar conmigo pero que no hablara nada. Cuando vi a mi madre me quedé más tranquila. Les hice caso, sólo moví los ojos, me quedé mirando por curiosidad. Al terminar se quedaron contentos conmigo y me dieron besos.
-¡Se ha portado mejor que un adulto! –dijeron.
En la visita, el médico le contó a mi madre que en los resultados del TAC no había nada anormal y que las pruebas psicológicas daban un nivel de inteligencia bastante alto. Le avisó que tuviera cuidado al explicarme las cosas, podrían afectarme psicológicamente.
A continuación me hicieron un electromiograma en la cara, la máquina no respondía y parecía estropeada. Me hicieron otro electromiograma más completo, en un brazo.
Mi madre me contó que me porté muy bien y que cuando el doctor Pradas me decía que doblara el brazo con la aguja clavada, me salían las lágrimas del dolor que sentía al tener la aguja clavada. Hice todo lo que me decían, me levantaba y me acostaba. Ellos quedaron muy contentos de lo valiente que fui.
Hoy recuerdo algo de todo esto, los médicos siempre me lo recuerdan y también lo fuerte que era y que no protestaba.
Continuaron haciendo más pruebas, me hicieron fotos, análisis de sangre y una biopsia.
Cuando tuvieron los resultados, me diagnosticaron una enfermedad congénita llamada distrofia muscular facioescapulohumeral.
No sabemos de dónde viene la enfermedad. No conocemos ningún familiar que la padezca o la haya padecido.
A mis padres le hicieron pruebas: no son portadores de la enfermedad.
El doctor Roig le contó a mi madre que mi enfermedad no tenía cura y no había tratamiento, que poco a poco iría perdiendo fuerza, (hoy en día sigue sin haber ningún tratamiento efectivo). Lo único que se podía hacer era ejercicio de rehabilitación y natación. Probablemente no llegaría a los veinte años.
Después de saberlo todo, mi madre lo pasó mal, pero decidió luchar, vivir el día a día sin pensar en lo que pueda pasar mañana y nos lo contó a mi padre, a mi hermano y a mí poco a poco según iban pasando las cosas.
Fui a natación pero a los dos años tuve que dejarlo por problemas de oídos. Perdí algo de audición, no oigo los sonidos agudos (como por ejemplo el canto de un pájaro, el silbato, los despertadores…). Me pusieron un audífono en el oído derecho, pero al poco tiempo dejé de llevarlo porque siempre oía un ruido y no lo soportaba.
Poco a poco fui aprendiendo a leer en los labios de las personas cuando me hablaban, de esa forma pude entender mejor.
Al tener problemas para hablar, me mandaron al logopeda, ahí conocí a Marta Güell, me enseñó a vocalizar y hablar más despacio para que me entendiera los demás.
Hoy en día, seguimos viéndonos. Vino a mi exposición de pintura, a la fiesta de mi cumpleaños y me visita cuando estoy ingresada.
Al poco tiempo de descubrir la enfermedad, el doctor Roig le dijo a mi madre que a partir de este momento me llevaría otro neurólogo llamado doctor Pradas.
Aunque dejó de visitarme no perdimos el contacto con el doctor Roig.
Recuerdo que en la última exposición de pintura que hice, la gente lo confundió con un periodista. Llevaba una cámara y lo grabó todo.
En cuanto el doctor Pradas siempre se alegraba de verme cuando tenía visita, él fue quien me hizo el electromiograma y estuvo conmigo cuando me hicieron la biopsia. Siempre me trató con cariño. Estuvo visitándome varios años, después pasé a la visita conjunta (con neurólogo, traumatólogo, fisioterapeuta y ortopédico). Hoy, igual que el doctor Roig, seguimos viéndonos.
Cuando tuve unos siete años, fui al traumatólogo por el pie derecho, los músculos del tobillo se habían debilitado y me dificultaba el andar. Me tuvieron que poner un aparato, unos hierros sujetos al zapato hasta debajo de la rodilla. Al ponérmelo me sujetaba el pie y podía andar correctamente.
El traumatólogo que me atendió durante años, se llama Fidalgo, al principio no me gustaba como me trataba porque era muy serio y por la manera de decir las cosas. Con el tiempo acabamos conquistándonos mutuamente. Un día, Montse, mi fisioterapeuta, me contó que cuando hablaba de mí al doctor Fidalgo, él decía que yo era su ojito derecho, Montse contestaba que no, que conmigo podía hablar de cualquier tema sin poner-me triste y en cambio con los otros pacientes tenía que pensar en cómo decir las cosas.
Cada vez que iba a la visita le enseñaba lo que hacía. Cuando yo le enseñé cómo se hace el cubo de Rubik, se quedó de piedra. Después me regaló uno que tenía tres aros en las dos caras, en uno están separados y en la otra cara están unidos. Él no lo pudo resolver, en cambio, yo lo hice en una semana. Cuando volví a la visita, se lo enseñé. A partir de ahí, me trató de otra manera. Y ahora, Montse se ríe al recordar todo aquello.
A los once años, la columna se fue desviando y decidieron ponerme un corsé para evitar a que fuera a más.
A consecuencia del corsé, no podía andar y tuve que utilizar la silla de ruedas para desplazarme.
Cuando llevaba unos cuantos años con el corsé, me propusieron operarme de la columna. La operación consistiría en colocar unas placas con tornillos para aguantar la columna, de esa manera, eliminaría el uso del corsé. Pero me quedaría igualmente en la silla de ruedas y además no me aseguraban el resultado. Podría tener rechazo y dolores.
Sin pensármelo dos veces, dije que no. Mientras yo pudiera aguantar el corsé no pasaría por el quirófano. Respetaron mi decisión.
jueves, 9 de diciembre de 2010
5. Cómo conocí personalmente a Jordi Pujol
Entre finales de abril y principios de mayo del año 1999 se celebró la Feria de Abril de Barcelona.
Poco tiempo después de estar ingresada por la ventilación mecánica a domicilio. Mis padres, nuestra amiga Carmen y yo fuimos a la feria. Mi padre y Carmen iban delante de nosotras buscando la caseta donde actuaban un grupo de cantantes que además eran amigos míos, cuando de repente, justo cuando nosotras acabábamos de salir de un pequeño camino entre casetas vemos a un grupo de personas trajeados. Uno de ellos se dirigió hacia mí cuando me vio y ¡no me lo podía creer! ¿Es Jordi Pujol? ¡Si, era el señor Jordi Pujol, presidente de la Generalitat de Cataluña!
Me preguntó cómo estaba y yo le contesté que me encontraba bien. Le regalé las pajaritas de papel en miniatura. Un fotógrafo nos hizo fotos y después nos pidió la dirección para enviarnos la foto.
Recuerdo que tardé seis meses en recibir la foto.
Un día recibimos una llamada telefónica, era la secretaria del presidente señor Jordi Pujol, Carme Alcoriza. Preguntó si podía venir a mi casa a entregarnos la foto, dijimos que sí. A la semana siguiente vino la secretaria del presidente, me contó que como habían perdido mi dirección enviaron las fotos a un ayuntamiento y daba la casualidad de que ahí trabajaba una conocida y le dio mi teléfono. Me entregó la foto enmarcada y firmada por el señor Jordi Pujol. Vio mis cuadros de dibujo, me preguntó si hacía exposiciones, contesté que sí y que quería hacer otra en Barcelona. Ella misma me dijo que miraría de organizar una.
El 20 de abril de 2000, unos días antes de Sant Jordi, fui con mis padres a visitar al señor Jordi Pujol, le regalé un cuadro pintado por mí. Nos recibió en su despacho particular, también estaba presente la secretaria que vino a mi casa a entregarnos la foto. Estuvimos charlando un ratito. Lo que a mí me sorprendió es la memoria que tiene el señor Jordi Pujol, se acordaba de todo lo de cuando nos conocimos. Nos contó que estuvo preocupado por la foto; cuando da su palabra procura cumplirla.
Tuve la oportunidad de conocer mejor al señor Jordi Pujol, es una persona muy humana e inteligente.
Pasado un tiempo, me llamó un tal Ramón Pujol, del Departament de Benestar Social, para decirme que si quería hacer una exposición en el Palau de Mar (Barcelona). Carme Alcoriza le había hablado de mí. Me pidió las fotos de los cuadros. Quedamos un día y le llevé las fotos. Los vio y le gustó mucho. Nos pusimos de acuerdo en la fecha, para tres meses más tarde. Después me enseñó la sala de exposiciones. Me gustó mucho, tanto Ramón Pujol como su secretaria Sònia Claveras han sido muy amables conmigo.
Un día vino un fotógrafo a mi casa, me hizo un reportaje fotográfico mientras pintaba; para ponerlos en la exposición junto a los cuadros.
El 7 de mayo de 2001 a las siete de la tarde inauguré la exposición con la consellera de Benestar Social, Irene Rigau, e invitados.
En un capítulo anterior ya conté cómo me fue.
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